Capítulo 12: Franco, mi padre


           Había descifrado el lenguaje críptico con que Julia le comentaba a su amiga Angelita los secretos del sexo de su novio, que descubrió en un día de cine en el Teatro Principal mientras simulaban ver la película El canto del Gallo. Entendí que, en ella, un cura había cometido un sacrilegio y, por esta razón, los censores de Acción Católica la clasificaron de «3r», para mayores con reparo. Era el máximo exponente que utilizaba el Nacional-Catolicismo para indicar la maldad, y mi pueblo estaba escandalizado. Me fui a comprobar el rumor a la farmacia del monárquico y miope don Eusebio, donde en una cartulina se informaba de la censura y la sinopsis de las películas en cartel. Era cierto lo que decían, por lo que un deseo irrefrenable y morboso me impulsó a ir al cine, ya tarde, cuando creí que el No-Do y el tráiler lo habían pasado; condición para que un antiguo aprendiz de mi abuelo Eulogio, que ejercía de portero, me dejase colar. Empujé la puerta de entrada y me acomodé con sigilo en una butaca del anfiteatro. A mi derecha estaban sentadas unas niñas amigas de Fafalete y Jesusico, y una de ellas, Clarita, se cambió de sitio para sentarse a mi lado; la miré a los ojos y me gustaron. Era rubita, la cara muy proporcionada y los ojos grandes, claros y achinados.
            Cuando la película estaba terminando y las letras corrían por la pantalla como escondiéndose para evitar la vergüenza del escándalo que produjo la trama, sobre mi conciencia se acentuó el temor que el capellán ya había inculcado acerca del dudoso perdón que podían tener los pecados de sacrilegio; pero no me importó. Y fue cuando ella, como en un sobresalto, me dio un beso en la mejilla. La oscuridad ocultó el sonrojo de nuestras caras y a mi mente acudió el recuerdo del espantapájaros que, tiempo atrás, apareció por el arenal de Madrid, justo en el instante en que Isabelita nos mostraba las filigranas de sus blancas braguitas. El sentimiento que me afloró fue aún más fuerte que el de aquel día y, sin saber por qué, y a pesar del placer que me dio, le dije:
            —¡Puta!
            Ella se levantó y, corriendo a la vez que sollozaba, salió de local. Muy nervioso y confuso, pensaba: «si las niñas juegan con nosotros, los mayores las llaman “macho pingo”, y si las ven entretenerse con niños distintos, “putas”». Para los besos aún no sabia cómo actuar y desafortunadamente dije lo que dije.
            Mientras caminaba para la casa, imbuido en esta reflexión, la vergüenza se fue apoderando de mi estado de ánimo. Cuando llegué ante el portón, sentí jaleo en el interior; las luces del portal y de la salita estaban encendidas y, extrañado, empujé la puerta para abrirla.
            Me quedé petrificado. No sabía dónde esconderme. Clarita, de la mano de su abuelo y vestida de negro, lloraba toda compungida y secaba con un pañuelo las lágrimas que derramaban sus ojos achinados. Tan pronto me puse al alcance de mi abuelo Eulogio, éste me cogió del brazo y me arreó un azote en el trasero:
            —¡Me cago en cristo el negro! A las niñas no se les dice puta. Ahora mismo le pides perdón y te vas para la cama sin cenar.
            Mi madre, con el rostro descompuesto y una mirada censurante, me indicó con la mano que subiera las escaleras. El tío Nicasio quiso quitar importancia a lo que sucedía y se disculpó por mí:
            —El niño no sabe bien lo que significa puta, disculpadle. Migue, sube para el cuarto que ahora irá tu madre.
            Sin llorar, pasé por delante de Clarita y subí, de dos en dos, los escalones. Lo que había sucedido me pareció humillante y la vergüenza que traía se reconvirtió en rabia.
   
            Las enormes columnas de piedra caliza, que los canteros habían tallado y pulido con agua y asperón, ya estaban en pie para enaltecer la fachada principal del nuevo Ayuntamiento de los fascistas. Los sabañones de los canteros habían reventado y los de mi madre estaban a punto. El frío envolvía al pueblo y la acera helada de la Carrera de las Monjas enviaba a los incautos para el doctor Aguilera, que les cobraba las escayolas sin piedad. Las Navidades habían pasado y las zambombas, de cuerpo de tinaja, piel de conejo y carrizo de los cañaverales de la Cubé, las estaban guardando. En el semanario El Adarve del licenciado en letras, más conocido por el Cacerolo, se anunciaba la apertura del plazo de inscripción para los exámenes de ingreso en el nuevo Instituto Laboral y, una vez más, el gélido ambiente congeló la justa y necesaria esperanza de que la gente sencilla pudiera estudiar en su pueblo una enseñanza secundaría para posibilitar el acceso a la Universidad sin adjetivos.
            Admiraba a mi tío Alejandro Núlez, aunque me llamara Mameluco de vez en cuando. Yo le quería y algunas tardes me iba con él para hacerle compañía. Me gustaba ver las enormes librerías repletas de libros de segunda mano y, sobre todo, los descomunales periódicos encuadernados que, cuando los leía, ocupaban por completo la mesa del comedor que utilizaba para todo uso, incluso de despacho. Una tarde, cuando le liaba los seis cigarros de tabaco que fumaba en la noche tardía, pegando filo con filo los exremos del papel de arroz, llamaron al timbre de la casa y me levanté para abrir. En el portón había dos monjas de hábito negro, con tocas inmaculadamente blancas y almidonadas, y un señor bajo con traje oscuro y corbata negra que, por la verruga de su mejilla y su exuberante papada, lo identifiqué como el Cacerolo. Volví a la sala corriendo y le expliqué a mi tío quiénes eran. Sin dejar de leer el volumen del periódico Imparcial, me dijo:
            —A las “señoras” les dices que se vayan, que no tenemos dineros, y a don Antón, que pase y le acompañas hasta aquí.
            Cuando transmití lo que me había dicho, las señoras salieron espantadas del portón santiguándose, y el señor disimuló sus quebrantos por lo que había oído, mirando los magníficos azulejos a la cuerda que, con sus arabescos de encontrados reflejos, cubrían el zócalo del portón. Pasó al portal, después de dar las gracias. Y mientras yo cerraba la pesada puerta de nogal, les oí decir:
            —Don Alejandro, ¿se puede?
            —¡Pasa, Antón, y siéntate al brasero que la tarde está desapacible! —Tomó un poco de alhucema y lo desparramó sobre el brasero de picón, y el aroma disipó el olor del tabaco de cuarterón que ya se había fumado. Llamó entonces a Cande para que le trajera a don Antón un café solo, sin leche y yo me senté de nuevo para seguir con la tarea de liar cigarros. Mi tío dejó de leer el Imparcial y, pasando la mano por su reluciente calvicie, después de sonarse la nariz, le preguntó— ¿qué tal van las cosas?
            —Bien —contestó y fue al asunto con gran entusiasmo—. Hemos creado un patronato para financiar parte de la compra del palacio de José Castilla, y he puesto de mi bolsillo cincuenta mil duros; ubicaremos en él el ansiado Instituto de segunda enseñanza que tanta falta le hace a Priego. Se llamará: Fernando III, El Santo...
            Al decir esto, le interrumpió mi tío, que veía que otra vez intentaban involucrarlo en cuestiones que no beneficiaban por completo al pueblo:
            —Antón, con ocasión del curso cultural que queréis organizar, ya te dije que sólo colaboraré en tu semanario como crítico teatral, bajo mi pseudónimo de Fray Liberto, y que no daría conferencia alguna junto a gente como Chavarri, que elogia con sentidas frases al general Petain o a Valverde, quien no deja de ser un segundón de Cruz Conde y de los dictadores de este país, y que ha hecho cosas que hasta en el Senegal escandalizarían. Y ni siquiera con el respetable monárquico, Rector de la Universidad de Sevilla, Señor Candil con quien, en mi juventud, debatí asuntos de transcendencia jurídica...
            Don Antón, que veía como se le escapaba un donante, le cortó, intentando aclarar:
            —Alejandro, no. No es eso. Lo que quiero contarte es lo del Instituto, en la calle Río...
            Mi tío le interrumpió de nuevo y volvió a la carga:
            —Sí, he leído en El Adarve que le vais a comprar por dos millones de pesetas la casa al cacique de Castilla. Una casa que no reúne las condiciones necesarias para un instituto. Con todo ese dinero se edifica uno nuevo en la calle Haza Luna y de segunda enseñanza de verdad, no laboral como pretendéis. Es que en este pueblo ni las oligarquías han podido estudiar. No han dado una en el clavo. Escucha lo que te voy a leer; por resumir lo que ha pasado hasta 1787 que es cuando se creó el colegio de las Educandas —y volviendo la vista hacia el volumen del Imparcial, leyó:— «La villa de Priego corrió por siglos con escuelas de primeras letras, las que se erguían con sólo el permiso de sus respectivos diocesanos, registrándose en una época dos, en otras tres y en otras una. Más sin recibir gratificación ni otro estipendio de fondo alguno». Y por añadir algo más: desde 1826 las oligarquías andáis a la gresca por un poder que no sabéis ni gestionar. Primero entre liberales y absolutistas; después, entre moderados y progresistas y, hasta hace bien poco, entre valverdistas y nicetistas. Durante todo este tiempo tuvisteis dos o tres escuelas con una dotación de 3.000 reales, y ninguna de ellas en las aldeas. Mudasteis sus sillas y mesas por todos los locales malolientes que os sobraban de vuestros propósitos, cuando ya teníais autorizadas, por el Reglamento General de Escuelas de 1825, nueve escuelas que yo recuerde, con una dotación de 20.300 reales. Y, para colmo, en 1939, Franco os quita el juguete de gobernar y regala un millón de muertos. Ya sólo os quedan las cofradías para seguir con vuestra gresca. Que sepas que lamento mucho esta situación en la que vivimos. —Dio otra calada al cigarro y se envolvió en el aroma que tanto le encantaba, para continuar diciendo—, y si bien los republícanos os metieron a la Guardia Civil en la casa de campo que hicisteis para escuela, vosotros consentisteis que se pagara... Mejor, escucha lo que ya pasaba aquí en 1836 —lo que leía esta tarde en el Imparcial, le venía que ni al pelo—, «...con los diezmos que pagan los vecinos de Priego se están sosteniendo las lujosas Escuelas Pías de Montilla, por un manejo de los jesuitas a cuyo cargo corrían». —Don Antón callaba y sorbía lentamente el café. Con su silencio le volvió a otorgar la palabra, por lo que don Alejandro continuó hablando, aunque con menor ánimo—. Por otro lado, está lo poco que hizo la República por Priego, y me refiero a la extensión del Instituto que estuvo funcionando con dependencia de Cabra, y a la Escuela de Artes y Oficios que, cuando comenzaban a dar fruto, desaparecieron. Y eso ¿porqué? En la actualidad ¿qué? La Falange metida en los locales que la República hizo para escuelas en el Palenque. En fin, qué voy a decir que tú no sepas. Pasan pocos trenes por Priego y no se aprovechan. Y éste que hoy para aquí, siendo un Instituto Laboral, no dejará de ser otro juguete para manipular las ilusiones de la ciudadanía. Son sólo bambalinas de un escenario barato y en decadencia.
            Don Antón, que miraba fijamente las densas volutas del azulino humo del cigarro, no pudo pedir su colaboración para la causa del Instituto Laboral y optó por cambiar de conversación. Miró hacia mí que, imitando a mi tío, tenía un libro abierto de la historia de Grecia y me deleitaba con la estampa del Gran Pericles con su casco de combate puesto:
            —¿De quién es este niño tan aplicado?
            Rápidamente, mi tío le respondió:
            —De mi sobrina Rocío. Hace ya tiempo que se vinieron de Madrid; falleció su padre.
            —¿Y qué estudia? —volvió a preguntar.
            Mi tío dejó de leer, aunque podía hacerlo sin dejar de hablar de otra cosa, y se quedó pensativo, mirándome fijamente. Tras un instante de silencio y expulsando humo hasta por las orejas, con una amarga sonrisa en los labios, dijo:
            —Ese mameluco que sólo mira las estampas de los libros está preparando el ingreso a ese magnífico Instituto de cartón piedra y, posiblemente, cuando haya vacante se irá interno a los colegios que tiene el Patronato de Huérfanos de Oficiales del Ejército en Madrid. Así es que repetirá el año o los años de bachiller que haga en el Instituto Laboral. Con suerte, le convalidarán el ingreso. Pero allí, al menos, podrá estudiar la carrera que le guste. —Volvió a chupar el cigarro y, mientras lo depositaba en el cenicero, balbució—, desde la metafísica de las cosas y por lo que hemos hablado, allá o acá, qué importa dónde, intuyo y lamento que, para este niño, Franco será su padre. —Con el pañuelo limpió sus ojos exhaustos de tanto leer. Los cuidaba con delicado esmero; con manzanilla templada los lavaba todas las mañanas, porque por ellos vivía. Yo sabía que las tardías visitas del Cacerolo se prolongaban hasta altas horas de la madrugada y era ya casi la hora de cenar. Cuando me levanté para despedirme, pasé por detrás del sillón en el que mi tío vivía sentado y, a la vez que rocé la mano por la calvicie, besé la coronilla. Él se arrellanó en el sillón—. ¡Mameluco, no olvides que mañana por la tarde tenemos que escribir una carta!
            Don Antón apartaba el humo, abanicando con la mano el entorno de su nariz. Meditaba sobre el tiempo anunciado que yo iba a perder en su flamante Instituto Laboral, y se inquietaba por las sarcásticas críticas que Fray Liberto pudiera hacer en su semanario sobre el teatro, la literatura o la política.
  
            En la esquina de la calle jugaban al burro Jiménez, Paulinito, Chuchuruli, el Rubio y algunos más. En la calle Morales, las niñas haciendo corro, a la vez que jugaban a la comba, cantaban la canción de «el cochecito leré, me dijo anoche leré, que si quería leré, montar en coche leré…» Pensando que ellas no podrían ir al Instituto Laboral, porque era sólo masculino, salté y, a horcajadas, caí sobre la espalda de Jiménez sin tocar con los píes en el suelo, quien tenía la cabeza apoyada en el vientre de Chuchuruli que hacía de madre.
            La reacción no se hizo esperar; me había saltado el orden del juego y el Rubio se vengó porque le ganara las chapas en días anteriores, dándome un puñetazo en la cara; otro niño, un puntapié en el costado, y un tercero acertó en el otro costado. Jiménez y Chuchuruli me ayudaron a ponerme de pie y me regañaron:
            —¡Eres tonto!, ¿por qué te has saltado el turno, eh?
            No contesté y me senté en el bordillo de la acera con el pecho dolorido. Los agresores se habían ido corriendo y Paulinito me dijo:
            —¿De dónde vienes?
            —De casa de mi tío, que me ha dicho que iré al Instituto Laboral si apruebo el ingreso.
            —Nosotros también iremos —respondieron a la vez Jiménez y Paulinito.
            Chuchuruli se distanció por lo que decíamos y, con tono apenado, aclaró que se iría al internado del colegio de San José de Calasanz en Madrid. Los dolores del pecho habían disminuido y lo que escuchaba me consoló. Al menos, tendría a mi amigo en Madrid para cuando yo fuera para allá: sólo que lo del colegio de huérfanos sonaba a hospicio y no me gustaba.
            Carmencita, la que me daba los hojaldres cuando merendaba Chuchuruli en la escuela, asomó su frágil figura por el postigo y ordenó a su señorito —al que en realidad trataba como a un hijo—, que se entrara ya. Jiménez se fue para el Paseíllo y Paulinito, asiendo el aro, me acompañó hasta casa.
    
            Don Alfredo tenía, por metodología, ordenar a los alumnos de la clase según sus conocimientos, y colocaba en la fila de bancas unipersonales a los más destacados. Yo estaba detrás de Carrillo, que hacía el quinto.
            Una mañana de febrero, cuando todavía los cabellos se hacen chupones de hielo al salir a la calle y los sabañones pican hasta doler, el Lápiz terminó de corregir nuestras tareas y, cabizbajo, de pie ante su bufete, nos fue mirando uno a uno. La expresión de su cara era distinta a la de cualquier otro día y su silencio advirtió despedida. Levantó la cabeza, estiró su cuerpo, que lo tenía apoyado sobre la mesa y, con trémula voz, lo confirmó:
            —Os he enseñado todo cuanto necesitáis para abordar estudios de mayor enjundia. Conocéis las principales reglas de cálculo, la geografía de España y sus más destacados hechos históricos. También, las reglas gramaticales, la historia sagrada y el catecismo del padre Ripalda. Algunos de vosotros, los que por la tarde habéis estado perfeccionando estos conocimientos y os habéis inscrito para las pruebas de ingreso en el nuevo Instituto, estáis ya preparados para ello. En el dictado no podréis tener ninguna falta de ortografía; en los cálculos ningún error, y cuando señaléis sobre el mapa mudo las provincias, la respuesta deberá ser exacta. Las pruebas que tendréis que superar se realizarán el próximo nueve de febrero, y el Instituto abrirá sus puertas, con carácter provisional, en los pestilentes locales de la Escuela Textil de la calle Conde de Superunda. Por tanto, los días que quedan los dedicaremos a descansar. No habrá clase por la tarde. La clase ha terminado. Podéis salir.
            Conforme salíamos por la puerta del aula, don Alfredo nos fue dando la mano, como a hombres, y con el mismo tono que pronunció la alocución, nos fue deseando suerte. Estaba emocionado y la humedad rebosaba en sus ojos. Nosotros no teníamos conciencia de que se cerraba una puerta de nuestras vidas y de que otra se abría, y los gritos y las carreras retumbaron por pasillos y retretes.
   
            El nueve de febrero me levantaron temprano, me vistieron con la ropa nueva y mi tía Cande me peinó con especial cariño. Esa noche yo había soñado con extrañas bolas de luces que aumentaban y disminuían de tamaño al ritmo que mi corazón palpitaba. A veces, creía que me engullían y despertaba con un dolor intenso en el pecho. Cande me notó desanimado y, para estimularme, dijo:
            —Tengo una sorpresa: el tío Alejandro me ha dado esto para ti. —Y sacó del bolsillo del delantal una pluma estilográfica negra, de esas que los Registradores de la Propiedad utilizan cuando rubrican documentos. No podía creer que mi tío Alejandro me regalara su pluma para que escribiera en el examen que iba a realizar. Me olvidé del dolor en el pecho y enseguida desenrosqué el capuchón, dejando al descubierto un plumín de reluciente oro, mucho mejor que el que me había regalado Chuchuruli.
            Llegué a la escuela y entré en el aula de Cochinico en Pie, donde aguardaba el tribunal examinador. Me acomodaron en un pupitre junto a la pared y, cuando los restantes niños terminaron de sentarse, un señor bajito y regordete, de nariz aquilina y ojos claros, cerró la puerta del aula.
            La ilusión que traía se fue esfumando al compás acelerado en que los desconocidos profesores tomaban asiento en sus poltronas. El de más edad y pelo blanco tomó la palabra y comenzó el dictado. La pluma no escribía al ritmo que yo deseaba, y volvieron los dolores del pecho. Las siguientes pruebas las realicé con el deseo de que terminaran cuanto antes, porque un nudo en el estómago me indicaba que no estaba a la altura de la pluma que utilizaba. Al terminar las pruebas, en la puerta me esperaban Paulinito, Jiménez y otros más que no conocía:
            —¿Qué tal te ha ido?
            Mi repuesta fue un mohín de desánimo, por lo que Jiménez me alentó:
            —Ya verás como aprobamos todos.
            Así fue, aunque sólo Paulinito obtuvo el sobresaliente que todos deseábamos.
   
            Como en todas las mañanas del año, la tradición textil de Priego, en forma de bandadas de mujeres, recorría las calles al amanecer, mientras los maridos ahogaban la pesadumbre del desempleo en los rescoldos del tálamo, a la espera de la recolección de la aceituna. En estas rutinas, ellas difundían y comentaban las incidencias de los días, incluso las peripecias de los maridos en los juegos de cama. Unas veces se las veía reír y otras blasfemar; cuando no, llorar. Ya en las fábricas, trabajaban doce horas sin tregua, en una atmósfera contaminada por el polvo de las fibras, ensordecidas hasta el aturdimiento por el ruido que producía el traqueteo de los husos. Algunas se orinaban al pie del telar.
            El 15 de febrero, con las espesas y grises nubes aún durmiendo sobre las cumbres heladas de la Tiñosa, los cuchicheos de las bandadas de las trabajadoras se centraron sobre el Instituto que, al mediodía, iba a inaugurar el Gobernador Civil. La alegría que manifestaban por el suceso se torció en lamento, cuando una muchacha joven, procedente de la aldea del Castellar, anunció que un hombre de edad madura se había ahorcado en un olivo en el paraje de las Rentas, a causa de su soledad.
            Llegado el mediodía, también en bandada, todas las autoridades locales —a excepción del tan esperado Gobernador Civil, que incumplió su compromiso— recorrieron las calles principales del pueblo, hieráticas, circunspectas, con chaquetas blancas, repletas de bandas y condecoraciones, y ajenas todas ellas a los dramas ciudadanos del amanecer. A las puertas del palacio de don José Castilla, la comitiva se dividió en dos, para ascender por cada uno de los tramos laterales de escalera que daba acceso a la magnífica puerta principal. Por un lado, subieron los mandatarios del Régimen: el Alcalde, con aspecto de zar y que, con su flamante medalla de caballero de la Orden de Cisneros y el bastón de mando, más bien parecía dirigir una banda de música de tanto como gesticulaba. Tras él, su delfín, bajito y de pelo moreno y rizado que, como buen bufón, se ocupaba de la Comisión de Ferias y Fiestas. Por el otro tramo, lo hicieron los directores de los tres institutos laborales existentes en la provincia y, el más orgulloso, era el nuevo profesor de Matemáticas, que ya había anunciado en el semanario El Adarve su disponibilidad para dar clases particulares. Cuando terminaron con los comentarios y admiraciones sobre las escalinatas de mármol, las cortinas de terciopelo rojo y el patio de quinientos metros cuadrados donde se izarían las tres banderas del Régimen, subieron al suntuoso comedor, que hacía las veces de salón de actos, y al comenzar los intercambios de elogios en los discursos grandilocuentes, ya estábamos aterrados por tanta parafernalia. Paulinito y Jiménez se arrebujaban contra mí y yo contra ellos, y nos mirábamos atónitos por lo que se oía. Con cada uno que intervenía nuestro pavor aumentaba. El más antiguo de los directores terminó diciendo:
            —¡Formaremos buenos vasallos para servir al mejor señor, el Caudillo!
            El Director de Priego, superó en gloría al de Puente Genil:
            —¡Se formará a los muchachos a fin de que sean de Dios y salven a España! —y terminó gritando con el brazo en alto—, ¡Viva Franco! ¡Arriba España!
            El poeta pontanense, Alcalde de Priego, enaltecido por el éxito, de pie y gesticulando con el bastón de mando:
            —¡Que sepan a la vez rezar y conservar la fortaleza necesaria para empuñar las armas en defensa de la fe!
            Jiménez, el menos impresionado, nos murmuró:
            —¡Aquí nos van a enseñar a guerrear bien! —pensaba en la Cubé.
            Don Gregorio —el nuevo profesor de Matemáticas— que nos vio cuchichear, nos miró con cara de pocos amigos llevándose el índice a la boca.
            Y el exuberante Alcalde, concluyó su alocución diciendo:
            —¡Ya que teníamos un buen señor, El Caudillo, hacía falta crear unos buenos vasallos que le sirvieran! 
            Satisfecho, el Párroco, sonreía.
            Cerrado el acto, nos dejaron jugar en el patio, mientras las autoridades tomaban un refrigerio. Habían podado las palmeras y Jiménez fue el primero que, a modo de jabalina, hizo volar las hojas cortadas por los aires del recinto. El resto de los compañeros le imitamos y, por fin, tuvimos nuestra fiesta de inauguración.




Del Paseíllo a la vida.


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     Aún faltaban días para que la escuela comenzase, y entretenía el tiempo haciendo recados para mi tía Saludcita o mi madre y jugando en el Paseíllo con los niños que habitaban la esquina. Aunque no llovía, el cielo estaba encapotado y los humos de las chimeneas se elevaban lánguidamente sobre los tejados. La calle estaba atiborrada de olores que, a veces, se confundían con los sabores: ácidos y amargos en la cercanía de la almazara; agrio en la tienda del Vinagre; embriagador en las cercanías de la droguería. Cuando el aire se removía, un hedor a podredumbre lo invadía todo y nos hacía tapar la nariz para no inha-larlo. No se sabe si se debía a la falta de higiene o al cáncer de boca que padecía la vecina o a ambas cosas. Lo cierto es que, cuando salí a la calle con el real que me había dado Saludcita para comprar el café de achicoria, me tapé la nariz, abrí la puerta y corrí hasta doblar la esquina. Cuando me detuve, vi al Rubio, rechoncho y patoso, saliendo de su casa, dando un salto para salvar los escalones que conformaban su tranquillo.
     —¿A dónde vas? —me preguntó.
     —Al Vinagre, a comprar café.
     El hermoso portón de nogal y clavos dorados, con aldabones de metal bien bruñidos que representaban la mano de Fátima, estaba abierto de par en par, y un burro con sus serones de esparto vacíos inclinaba su tes-tuz como podía. Sacaba la lengua salvando el bocado y lamía tranquila-mente y con gusto una gran piedra de sal que, para este menester, ponía en la puerta el Tío del Vinagre. 

      Entramos en el portal de la casa que hacía de tienda donde se apilaban rollos de cuerdas, sacos de cereales o pequeños barriles de carburo; los escobones y las albarcas colgaban del techo. Los toneles de roble que con-tenían el vinagre estaban anclados a la pared, y delante de ésta, un altí-simo mostrador de nogal por el que asomaba la gorda cabeza del bajito y rechoncho Tío del Vinagre. Tan pronto nos vio entrar, nos dijo que nos pusiéramos a la vera de uno que quería probarse unas albarcas hechas de restos de ruedas de coche.
     Mientras esperábamos el turno, observamos atentos al hombre que estaba sentado sobre un saco de cebada y vestía unos pantalones de patén, descoloridos y remendados. Lucía en el antebrazo un brazalete negro, y el rostro, además de estar muy ajado por el sol, denotaba resignación.    

      Desanudando las cuerdas se quitó los trozos de gomas con las lañas de metal reventadas. Después desenredó unas vendas de lienzo renegridas por la tierra y el sudor. Cuando destapó los dedos, entre el pulgar y el índice, del negro barro que los embadurnaban asomaron semillas de cereal totalmente germinadas. Con el dedo índice rebañó la masa maloliente y, cimbreando la mano, la lanzó a la calle. Relió en el pie los mismos trapos y se probó las albarcas. Cuando pagó al Tío del Vinagre, entregó por las compras un saco de garbanzos. Yo le pagué el real, y en un papel amarillento de estraza él me lió habilidosamente la achicoria. Sin dejar de mirarme, me preguntó si era hijo de la viuda. El Rubio y yo no dejamos de mirar al hombre que, con su burro, se alejaba lentamente calle abajo, mirándose los pies.
      Mi tía Saludcita, por el recado, me había dado una moneda de cinco céntimos, o sea, una perrilla o una chica, lo cual era raro en ella. Y esta boyante situación económica me permitió comprar al Rubio diez toreos y cinco chapas. Los toreos los encontrábamos recortando las caras de cartulina en las cajas de cerillas, pero las chapas las imponían los falangistas a cambio de una perrilla o de una gorda a la clientela de los bares, cuando tomaban copas los domingos y eran difíciles de obtener. Simulaban blasones de cartón, primorosamente impresos, de los reinos y provincias de España o de su nobleza, y había que abrocharlos en el ojal de la chaqueta para que quedara patente haber pagado el arbitrio impuesto.
      El resto de la mañana lo pasamos jugando con las chapas y los toreos. Apoyando la chapa en la pared, a una determinada altura del suelo, la dejábamos caer. Tirábamos alternativamente y cuando ésta caía sobre otra se ganaban todas las que hubiera en el suelo. Así conseguí ganar al Rubio bastantes toreos y chapas. Era rico y me podía permitir el lujo de ir al Paseíllo para enfrentarme a los capitalistas que podían tener cientos de ellas.
      El Rubio se fue para casa, desesperado y con el pelo revuelto de tanto manosearlo cada vez que perdía. No me preocupé demasiado por su es-tado anímico. Su padre trabajaba de cobrador en el banco y le recolectaría más chapas entre los deudores.

      En la aterrada plaza del Paseíllo se hacían sentir las primeras luces del otoño; los plataneros que la circunvalan dejaron caer sus hojas amarillentas y la humedad hizo que sus farolas sacudieran pequeños calambres a quien mostraba el valor de tocarlas. Los delicados musgos, con sus tonalidades verdosas, junto con los parados, tocados de negras boinas, daban la patina de inmutabilidad a la plaza principal. Sólo los pausados movimientos de los que liaban el cigarrillo, sentados al amparo de los árboles, o el deambular de los paseantes que buscaban el calorcillo de los entristecidos rayos de sol a la espera de que algún manijero le ofreciera un jornal, rompían la rutina de la España eterna que se había instalado por la fuerza de las armas.
   Pocarropa andaba por la plaza luciendo los harapos y la mugre almacenada, quizás de años, que imposibilitaba distinguir el tono oscuro de la tez. Su enorme cabeza con descomunales ojos negros y orejas se balan-ceaba al andar. Iba pidiendo la limosna a cuantos pasaban por su lado y la mayoría de las veces se la negaban.
    Eloy —el Vago—, que de alguna forma era su antítesis por lo mayor y largo que era, lo echaba de su lado cuando lo veía. Le hacía la competen-cia en la recolección de las colillas que, tras deshacerlas y secar, mezcla-ba, liaba y fumaba. Eloy era un hombre solitario que también rondaba por los aledaños de la plaza. El trato que la gente le tenía era muy diferen-te. A Pocarropa, de vez en cuando, le daban un remojón de aceite. A veces, jugaba con nosotros, pero al Vago lo toreaban gritando:
      —¡Eloy el Vago! —y repetían la cantinela con tono de guasa. Entonces él respondía amenazando con el garrote:

    —¡Tu puta madre! ¡Tus muertos todos, hijo de puta! —y hacía el ademán de abalanzarse bastón en ristre.
       Entré corriendo en el Paseíllo por el acceso que había junto al kiosco, tocando la farola que propinaba el calambre, en un alarde de valor que sería reconocido por cuantos allí jugaban. De esta manera intuí que po-dría tener vía libre para jugar en cualquiera de los corros; a la vez que respetarían mis chapas, los toreos, el trompo y, lo que era más importan-te, mi integridad física. 

    El Paseíllo era nuestras Cortes. Allí se cambalacheaban las cuotas al respeto y la jerarquía dentro de la pandilla, que se definían por razones de vecindad. También se establecían los acuerdos de alianzas o las tre-guas en las guerreas y se declaraban las hostilidades con otras calles, incluyendo el sometimiento de unas a otras.
     Pronto conseguí jugar al queso; el juego consistía en bailar el trompo de madera por orden riguroso, dentro de un círculo marcado sobre el suelo, y donde cada uno debía de sacar del círculo el de un contrario; bien con el lanzamiento o dando un trompazo con el propio, bailándolo desde la palma de la mano. Se requería bastante habilidad para esto.
     Cuando llegó mi turno, me separé lentamente del círculo, metí la punta del volantín en la boca y la mojé en saliva. Apreté el extremo contra la fina púa roma que mi amigo Paulinito había puesto a mi pequeño trompo y relié el resto del volantín en el tronco de cono. Despacio y, con mucha presión, pasé la cuerda entre el meñique y el corazón. Ajusté la tensión de la misma, apoyando el reverso de la mano contra el platillo de hojalata que tenía sujeto en el otro extremo del volantín y, cuando mano y trompo quedaron rebosantes de energía, alcé el brazo con la intención de que hiciese dos giros. Uno, sobre sí mismo, con la mayor revolución posible, y otro para que la púa, que miraba al cielo, se revolviera contra la coronilla del que, en ese momento, agonizaba en su baile. El pequeño trompo con su fina púa roma, a toda revolución, salió de mi mano zumbando y, de forma casual, partió en dos al que agonizaba. El nudo oscuro de madera que su interior albergaba quedó al descubierto y a Chismín, su dueño que, por su parecido con el líder asiático había adquirido cierto carisma, no le gustó el suceso e intentó desabrocharse el cinto del pantalón. Tenía la cara más lívida que de costumbre y amenazaba bronca. El silencio tro-naba. Jesusico y Jiménez se pusieron a mi lado, y Chismín abrochó de nuevo el cinturón, reajustando los calzones a la cintura, respiró en pro-fundidad para evitar el sofoco y nos amenazó: 

    —¡La pagaréis, lo juro por Dios! —Y se fue camino de la calle San Marcos.
     Jesusico chasqueó y sacó la lengua para lamer sus labios. Y con orgullo, como si también lo hubiese hecho él, me dijo:
       —¡Qué buen puaso le hemos dado al hijo puta de Chismín!
    Jiménez, que era del Paseíllo, me pidió que le enseñara la púa del trompo y le gustó tanto que, más tarde, elaboró una para el suyo. Las púas que Paulinito fabricaba con las limas de su padre fueron la envidia de todos los trompos. Hasta Pocarropa se acercó a ver la púa que partió en dos el trompo de Chismín. 



     Las calendas de la Hispanidad habían terminado y en el plumier de tapa corredera colocaba el palillero rojo de madera con el plumín de coronilla engarzado, los lápices de colores Alpina y la goma de borrar. En la oquedad que libraba entre el libro de Geografía Países y Mares y la enciclopedia El Tercer Grado, guardé el plumier en la cartera de cuero y abroché las dos hebillas. 
     En la esquina de mi calle me reuní con Fafalete —mi vecino—, quien mentía más que hablaba y hacía recados en la barbería de su padre.
    Por el postigo de su casa salía Pepe —Chuchuruli, como le decía Jesusico—, oliendo a perfume de lavanda y acompañado por Trujillo, de más edad que nosotros. Le guardaba la espalda por mandato del padre, un militar italiano y refinado que casó con una guapa heredera de los Ruíces ricos. También se reunió el Rubio con nosotros en la esquina. A medida que nos acercábamos al Palenque el grupo iba creciendo.
    En el Palenque termina la calle principal de casas señoriales y comienzan las cuestas empinadas que convergen en el monte Calvario. Delante de las escuelas, que un día fueron republicanas, en sus respectivas astas ondeaban las banderas requeté: blanca y con la cruz roja de San Andrés; la roja y negra de la falange; y en el centro, la roja y gualda del reino de España, con el yugo y las flechas, las columnas de Hércules y su Non Plus Ultra. Y sobre la cabeza del águila imperial, el imposible lema de: Una, Grande y Libre.
      El edificio lo constituían dos plantas en forma de ele. En su tramo corto albergaba los locales de la Falange, el despacho del Bizco —Jefe de Centuria— y una pequeña sala de juegos con una mesa de ping-pong. En el tramo largo, seis aulas. La planta superior era para las niñas y la inferior para los niños, como lo requería el Nacional-Catolicismo del doctor Plá y Deniel. Sobre la blanca fachada de amplios arcos de medio punto lucían negras calcomanías de los rostros de Franco y José Antonio Primo de Rivera y, en carmín, el yugo y las flechas. 

       Conforme llegábamos nos alineaban en fila de tres, ante los hieráticos maestros encaramados en el último rellano de la escalera de la entrada. Desde el soportal del local de la Falange, el Bizco, con camisa azul reman-gada y pantalón corto, vigilaba desde su enclenque y ridícula estampa la entrada a las aulas que nos habían asignado. Parecía memorizar nuestra tipología, seleccionando, en primera instancia, a los futuros cadetes de la centuria que en su día pudieran derramar la sangre por Dios, por España y por el Nacional-Sindicalismo. Se frotó las manos y desapareció en la oscuridad del soportal.
       Entre nosotros ocurría de todo, mientras los maestros hacían entrar a quienes nombraban de su lista. Unos lloraron, otros se atusaron el pelo, y otros pidieron:
      —¡Que me toque el Lápiz!
      —¡Que me toque Cochinico en Pie!
      El Lápiz —don Alfredo—, nombró a Fafalete, a Chuchuruli y, cuando ya casi no había niños, me nombró a mí «Miguel».
    Respiré hondo, el temblor de las piernas desapareció y todos los chismes que llevaba en el plumier, como una sonaja, repiquetearon al ascender la corta escalera.
      Don Alfredo era un hombre apuesto y alto. Se parecía al energúmeno de Girón por su aspecto, y en su estilo al también fascista Suñer. Quizás por ello, se salvó de la purga de maestros del año cuarenta y tres. Era afable y cariñoso y nos prestaba toda su atención; después del “Ave María Purísima” con el que comenzaba la clase, preguntaba por nuestras cosas, al pasar lista.
      A Jesusico y al Rubio los nombró don Venancio, al que se le conocía como Cochinico en Pie y vivía en nuestra esquina,  pocas veces se le veía entrar o salir de su casa. No tuvieron suerte y apenas frecuentaron su tranquillo para jugar al fútbol con los botones y las panochas.
    Comenzó la clase con un dictado. Don Alfredo, con buena dicción y paseando por los pasillos, vigilaba mirando por encima de sus lentes, mientras nos repetía con cadencia afectuosa: «Ahí hay un hombre que dice ¡ay!».
      Chuchuruli escribía con su magnífica plumilla de cristal flamígero, sin borrones.
      Después, el maestro se sentó procurando que la raya del pantalón no se arrugase y, a dedo, sacó a Carrillo, el mayor de la clase; también a Zamora, siguiente en edad; y a mí por hablar con Fafalete que lo tenía de compañero de banca. En fila, ante su mesa, largó a Carrillo el libro de Países y Mares, después de leer en voz alta:
       —Por tierras de África. —Puntualizó—, sigue Carrillo. 

      Leía casi de seguido, sin apenas titubear, a pesar de la engorrosa letra de médico con la que estaba escrito el texto. Cuando me tocó leer, con titubeos, confundiendo la m con la n y la d con la t y con la barbilla temblando, conseguí leer:
       
    «España no ha dominado a Marruecos por espíritu de conquista, no ha procurado sólo afianzar su protectorado en beneficio de su comercio y de su industria únicamente. Le ha movido, por encima de todo interés, el cumplimiento de una elevada misión de cultura y progreso. A tal fin, ha creado nuevas escuelas, en las cuales se educan los niños marroquíes».  
      Cuando me senté, las piernas dejaron de tiritar y el maestro nos habló de nuestras posesiones en el norte de África y de sus gentes. Entre la lista que citó no nombró el islote de Perejil y tampoco aclaró por qué la gente de esta tierra —los moros—, era puerca, cobarde y traicionera, como se decía de ellos.
    Llamó a Fafalete para corregirle el dictado. Entretanto, los demás intentaríamos conseguir un premio con el dibujo que hiciéramos con los lápices Alpina. Fafalete tuvo que arrodillarse mientras don Alfredo corregía. Su plana estaba llena de borrones porque su plumilla de coronilla y humilde palillero derramaba tinta por doquier, cuando la mojaba en el tintero de plomo y con forma de sombrero cordobés. La plana no tenía buena presentación y éste era el castigo que correspondía. Observaba a Fafalete con el temor de que me llamara, pues mi plana también dejaba mucho que desear.
      El sentimiento que me embargaba era muy especial, no se parecía al de otras veces. Me invadía una paz y tranquilidad que molestaban y, para zafarme de ellas, miré tras la cristalera que separaba el aula de la calle. Los remolinos de hojas muertas que al cielo se elevaban tampoco eran los de otros días; eran especiales. Notaba la lividez en la cara y parecía que un espíritu escapado de algún cuerpo me poseyera o que se esfumara hacía el cielo junto con las hojas que revoloteaban. Pensé de nuevo en Fafalete, que aún seguía de rodillas, con el cuaderno en la mano, frente al maestro.
       Don Alfredo tomó con ambas manos el folio que, en otras ocasiones, se llenaba de manchurrones de aceite por causa de los mostachos, y lo levantó para que todos viéramos el bello prado de colores repleto de caba-llos pastando. En verdad me gustó, y aquel dibujo de Villena quedó prendido para siempre de la funda de papel que resguardaba del polvo a la apreciada radio de lámparas de don Alfredo.
       Cuando salimos de la escuela, Villena, con su cabellera rubia, su nariz aguileña y chispeándole los ojos verdes y saltones, nos dijo adiós y se alejó con su anímico premio, camino de casa. 
Fafalete me cogió del hombro, mientras caminábamos hacía la barbería de su padre. Mi estado de ánimo no era distinto del que anteriormente me poseyera; estaba preocupado y, para distraerme, le enseñé el plumín de cristal que Chuchuruli me había regalado momentos antes de salir de clase. Pero, inconscientemente, medía la cercanía a la barbería por la forma de transitar la gente y, cuanto más cerca estábamos de nuestro destino, más apurada era la marcha del gentío. En la puerta era ya un revuelo de gentes, voces y aspavientos. Entre el barullo, salió mi abuelo Eulogio con la cara pajiza y con intención de cortarnos el paso. Nos agarró de la muñeca con fuerza. Titubeando y arrastrándonos en dirección contraria a la barbería, nos habló:
       —¡Vamos para la casa, que hoy vamos a comer cocido de pavo!
       Pero a lo lejos una desafortunada voz exclamó:
       —¡El barbero se ha ahorcado!
    Fafalete, sin entender bien el significado de este horror presentido, quedó vacío, sin pensamiento y sin sangre en las venas; el tiempo cerró los ojos a su futuro, y la losa del pasado caería sobre su espalda como la pie-dra de Sísifo, y comenzó otra lucha inexorable por vivir, que nos hermanó en la tragedia.